Enterrar a los muertos en la tierra es un acto cargado de ambigüedad simbólica. Es posible que lo hagamos por nostalgia geológica, por deseo de cerrar el ciclo con dignidad. Pero también, y quizás más profundamente, lo hacemos por miedo a no tener origen, por necesidad de inscribir la muerte en una narrativa que nos salve del absurdo. En ese puñado de tierra que cae sobre el ataúd se juega una de las preguntas más hondas de la condición humana: ¿somos parte de algo, o simplemente estamos aquí?
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