PASADO

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LA SOBERBIA TIENE UNA HIJA Y ES LA INGRATITUD, (EL QUIJOTE)

miércoles, 19 de junio de 2019

LA ESQUELA




Quizá fuera cosa de la edad, pero, de pronto, me convertí en un tipo raro, y las rarezas a veces traen malas consecuencias. Y el caso que os voy a referir así lo corrobora.

Mi rareza, si puede llamarse así, consistía en leer todos los días la sección de necrológicas de varios periódicos. Debo decir que esa costumbre ya la tenía mi padre, que buscaba algún conocido entre los finados de cierta categoría, pues es obvio que no todo hijo de vecino hace público en un medio de comunicación el fallecimiento de un familiar de primer grado.

¡Caramba, si se ha muerto fulano!, exclamaba mi padre muy de vez en cuando, por fortuna, pues la marcha de alguien a quien había conocido, sobre todo si era de su misma quinta, le trastornaba profundamente. Solo se reponía de ese mal trago con otro trago, el de una generosa copa de coñac que, de paso, le protegía de los efectos de un mal resfriado, argumentaba.

Cuando ello acontecía, no perdía la ocasión para ir a dar su más sentido pésame a la viuda. Una vez me vi obligado a ir con él, pues quien había pasado a mejor vida era nuestro médico de familia de la época de mi infancia, cuando las visitas las efectuaba el facultativo en su domicilio. De aquello hacía más de veinte años y lo único que recordaba del doctor Baldrich, que así se llamaba, era su aspecto tétrico ─me recordaba a Boris Karloff─, su despacho, igualmente lúgubre, con grandes ventanales que daban a la Gran Vía barcelonesa, y la escalera del inmueble, de estilo modernista, que olía a rancio.

Han pasado ahora más de treinta años desde aquel acontecimiento y todavía recuerdo lo desagradable que me resultó tener que desfilar a lo largo de una cola interminable de parientes para darles el consabido pésame con un contundente apretón de manos. Hasta llegar a la viuda, de luto riguroso y con una mantilla que le cubría la cara, que me tendió una mano tan fláccida que parecía que era ella la finada.

Fue el día de mi sexagésimo cumpleaños cuando empezó mi hábito, hace ya cinco años. Todavía no sé por qué me detuve en esa página llena de esquelas y me puse a leerlas todas, emulando así a mi progenitor. Ya tienes una edad, me dije, en la que podrías un día hallar entre todos esos nombres uno conocido: un profesor, un jefe, un colega, un amigo al que perdiste de vista y que, a su vez, ha perdido la vida. Menuda forma de dar con él, pensé. Y, casualidades de la vida, o de la muerte, así fue. Un conocido presidió, un día, esa funesta sección, pues su esquela destacaba de forma ostensible sobre las demás. Se trataba del doctor Cayetano Sigüenza, de noventa y un años de edad, catedrático emérito de Zoología de la UB, a quien tuve que soportar en segundo de Biológicas. Un carca de armas tomar, con todos mis respetos. Tras mi sorpresa inicial, no pude reprimir las ganas de asistir al acto fúnebre. Una curiosidad morbosa ─lo reconozco─ me llevó hasta el tanatorio. Quería ver si era capaz de recordarlo, aunque presentía que, con el tiempo transcurrido, eso sería tarea imposible. Cerraba los ojos y le veía en el entarimado, frente a la pizarra, que siempre hallábamos repleta de hermosos dibujos coloreados de cualquier especie animal de dimensiones adecuadas al tamaño del encerado, como él lo llamaba: un celentéreo, un gusano, un artrópodo o lo que se terciara; unos bocetos pictóricos dificilísimos de trasladar con un mínimo de acierto a nuestros apuntes. Era un gran dibujante, pero un pésimo enseñante.

“Siempre se van los mejores”, oí cómo decía un anciano que se acercó al ataúd abierto en el que reposaba el cuerpo sin vida del doctor Sigüenza, moviendo la cabeza en señal de incomprensión, de impotencia, o de Parkinson.

Por mucho que me esforcé y tal como suponía, no pude reconocer al difunto. La imagen que me ofrecía ese cuerpo inerte nada tenía que ver con la de aquel hombre rechoncho y con cara de malas pulgas que tres días a la semana empezaba la clase pasando lista, como en el colegio, y para quien una huelga era un acto intolerable, execrable, que representaba la pérdida de los valores fundamentales y el hundimiento del sistema.

“No somos nadie” ─me oí decir antes de dar media vuelta y disponerme a regresar a casa─. “Y que usted lo diga” ─añadió el mismo anciano, balanceando nuevamente la cabeza en señal de asentimiento. ¿O sería a causa del Parkinson? De ser esto último, al pobre le quedaba poco tiempo para seguirle los pasos a su supuesto amigo. Me despedí de él con una leve sonrisa, no sin antes escrutarle de arriba abajo por si daba la casualidad de que, detrás de su aspecto simiesco, descubría a algún otro profesor de la facultad. Todo inútil. El tiempo todo lo deteriora, no solo el físico sino también la memoria.

Desde entonces me reafirmé en esa costumbre que me ha acompañado estos últimos años. He visto esquelas de políticos y servidores públicos, médicos, economistas, abogados, notarios, registradores de la propiedad y un sinfín de personalidades y personajes de cierto renombre. Debo decir, sin embargo, que pocas sorpresas me he llevado tras la lectura de las más de cincuenta esquelas que me he leído a diario. Incluyendo esa primera experiencia que acabo de mencionar, solo han sido tres las visitas a un tanatorio por conocer, directa o indirectamente, al finado. Solo en tres ocasiones, pues, tuve que decir “la acompaño en el sentimiento” antes de marcharme sin darle opción a la viuda a preguntarme quién era yo.


A mi mujer todo esto le daba mucho reparo. Decía que esa “distracción” podía traer malas consecuencias, que no era sano, ni para el cuerpo ni para la mente. Y ahora quizá deba darle la razón.

Si al principio decía que las rarezas ─ahora las calificaría mejor como malas costumbres─ pueden acaban mal es por lo que me ocurrió hace tan solo un par de meses. Era lunes y me había quedado en casa por culpa de un fuerte resfriado que había contraído durante el fin de semana. Llevaba todo el día guardando cama. Sería alrededor de las cinco de la tarde cuando me levanté. Me sentía mucho mejor pero todavía me dolía la cabeza. Me tomé otro paracetamol acompañado de un café bien cargado y me puse a leer los periódicos que encontré sobre la mesa de centro del salón. Cuando llegué a la sección de las necrológicas, en la primera página y en lugar bien visible apareció ante mis ojos el siguiente nombre:

JUAN PABLO OLIVARES MONTERO

No podía creerlo, todo me empezó a dar vueltas y se me nubló la vista. No podía ser. Tuve que hacer un esfuerzo para serenarme y seguir leyendo. Pero lo que leí a continuación me acabó de convencer de que no andaba errado:

Catedrático de Microbiología de la Universidad de Barcelona
Ha fallecido cristianamente, el 4 de marzo de 2019, a la edad de 65 años
Su viuda, Amalia Ruiz, sus hijos Antonio, Juan y Eulalia, sus nietos…

Ya no pude seguir leyendo. Cerré los ojos. Al cabo de unos instantes volví a abrirlos con la esperanza de que todo había sido fruto de mi imaginación. Pero no lo era. ¡Ese era yo! Pero ¿qué significaba esa locura? Hice lo que supongo que hace quien le ha tocado el premio gordo, que mira y remira el boleto para asegurarse de que no hay ningún error, que el número premiado es el correcto, que la fecha es la correcta, que el billete está entero, cualquier cosa que le demuestre que es real y que él es el agraciado sin lugar a dudas.

Tenía que tratarse de un error. Pero toda la información coincidía: nombre, edad, cargo, familia. ¿Una broma pesada, quizá? Me levanté de un salto e instintivamente llamé a mi mujer. Pero no hubo respuesta. Solía regresar a eso de las cinco y media. Miré el reloj. Eran las seis menos cuarto.

El periódico había quedado abierto sobre mi butaca. Volví a leer la esquela. El cuerpo de ese Juan Pablo Olivares estaría expuesto en el Tanatorio Sancho de Ávila desde las dieciséis horas de esa misma tarde hasta las once horas del día siguiente, cuando tendría lugar la ceremonia religiosa y el subsiguiente sepelio. Pero entonces me percaté de algo todavía más escalofriante y que me había pasado por alto: la fecha del fallecimiento que se indicaba en la esquela era el 4 de marzo. ¡Pero si estábamos a lunes, 4 de marzo! ¿Cómo podía haberse producido ese fallecimiento el mismo día en que se hacía público? Miré entonces la fecha del periódico por si se trataba de un error tipográfico, pero la que aparecía en la primera plana era la de 5 de marzo de 2019. ¿Qué significaba toda esa locura? ¡No podía haberme pasado un día entero en la cama sin enterarme!

Llamé a mi mujer al móvil, pero estaba apagado o fuera de cobertura. Llamé a mis hijos, pero ninguno contestaba. Saltaba el maldito contestador. Finalmente llamé al lugar de trabajo de mi mujer, por si se había retrasado más de lo normal, pero al preguntar por Amalia Ruiz, una voz grave, titubeante, me contestó: “Lo siento, pero la señora Ruiz no está, su marido ha fallecido y no vendrá en un par de días. ¿Quiere que le deje un recado?”

Seguía sin poder creerlo. Si quería comprender lo que estaba sucediendo, si quería aclarar el entuerto, acabar con esa broma de mal gusto, no me quedaba otra alternativa que ir al tanatorio, descubrir quién estaba detrás de toda aquella farsa o pedir explicaciones a quien fuera que hubiera metido la pata.

Y me presenté en el tanatorio. Eran las siete de la tarde.

Una vez en el vestíbulo, me dirigí al tablón donde se indican las salas de velatorio. En el décimo lugar figuraba mi nombre. Cuando llegué a la zona indicada, casi no podía dar un paso. Entonces me vino a la memoria lo que en una ocasión oí decir a alguien en broma: que le gustaría estar presente en su funeral para ver cuánta gente asistía. Si todos aquellos habían venido por mí, era más de lo que podía esperar.

Aparté de inmediato ese ridículo pensamiento mientras me abría paso hasta la sala donde se suponía que yacía mi cuerpo, con la convicción de encontrarme con caras desconocidas y un perfecto extraño yaciendo en el ataúd.

Contrariamente a lo que creía, allí estaba toda mi familia. Mi mujer, mis dos hijos, mi hija, nueras y yerno, nietos, cuñados y demás parentela llenaban el reducido y claustrofóbico espacio. Estaban todos tan afligidos que casi me entraron ganas de llorar. No podía emitir sonido alguno, por mucho que me esforzaba en decirles ¿Qué os ocurre? ¿Acaso no veis que estoy aquí? Todo es un error. Estoy vivo. Miradme. Pero nadie se percataba de mi presencia. Cuando mi mujer se levantó para situarse junto al féretro, me acerqué sigilosamente para no sobresaltarla, pues si creía realmente que estaba muerto, menudo susto se iba a llevar al verme. Le puse una mano en su hombro izquierdo y no se inmutó. Entonces dirigí la mirada hacia donde ella había fijado la suya y, horrorizado, comprobé que el cuerpo que reposaba allí dentro era el mío.

De repente sentí náuseas, la impresión me provocó un estado de irrealidad, me sentía flotar, fuera de lugar. Salí a que me diera el aire, pues el que respiraba allí estaba viciado. La mezcla entre el olor a flores y a humanidad me mareaba.

Una vez fuera, en la zona donde departían relajadamente los que habían hecho acto de presencia para presentar sus respetos a la familia del finado, o sea un servidor, alcancé a oír lo que decía uno de los allí presentes, a quien no reconocí: “tengo entendido que le dio un infarto. Su mujer lo encontró con el periódico en su regazo, abierto por la sección de necrológicas. Quizá sufrió una gran impresión al ver la esquela de un amigo muy querido. Pero vete tú a saber.”    

Viendo que nadie reparaba en mí, me acerqué, movido por la curiosidad, a otro corrillo, pues me pareció que me mentaban.

─Sé que no está bien hablar mal de los muertos, pero vaya pájaro de cuidado era Juan Pablo.
─Ya lo creo, un hipócrita y un prepotente. Siempre quería tener la razón, nunca podías llevarle la contraria. Si lo hacías, ya entrabas en su lista negra y te hacía la vida imposible. Y siempre con esa sonrisa irónica en los labios.
─Un cabronazo. Eso es lo que era. Después de esto, creeré en el karma. Se lo tenía merecido.
─Dicen que en todo hay que buscar el lado positivo, ¿no? Pues en este caso, ha dejado la plaza libre en la cátedra, ja, ja, ja.
─Shhh, calla, hombre, que te pueden oír.

Dejé allí a esos cuatro malnacidos echando pestes sobre mi persona. Pero ¡¿quién coño se creían que eran esos imbéciles?! A esos sí que los reconocí. Siempre holgazaneando, pasando más horas en el bar de la Facultad que en el laboratorio. ¿Hipócrita yo? ¡Hipócritas ellos! Siempre haciéndome la pelota, dándome la razón en todo, jamás cuestionando nada. Esos, de científicos no tenían nada. ¿Acaso creían que iban a ocupar mi plaza? Cualquier aspirante, por escasos méritos que tuviera, ganaría la oposición antes que uno de esos inútiles. Todavía no entiendo cómo accedí a que formaran parte de mi equipo investigador. Y así me lo pagan.

Salí del tanatorio como alma que lleva el diablo. Deseaba despertar de esa pesadilla, pero no lo conseguía. Tropezaba con la gente que acudía a dar el pésame a algún familiar o conocido, pero nadie se percataba de nuestro tropiezo. Me senté en el primer banco que hallé en mi huida y traté de serenarme. Tenía que hallar una explicación plausible a todo lo que me estaba ocurriendo.

Pensé que quizá tuvieran razón quienes afirmaban que hay difuntos que deambulan como almas en pena hasta que no han tomado conciencia de que están muertos. Quizá yo era uno de ellos. De haber visto esa luz blanca al final del túnel que todos se empeñan en afirmar que perciben los que acaban de traspasar, habría comprendido cuál era mi verdadera situación. Pero no vi absolutamente nada. De ahí mi confusión. Supuse pues, que, si aceptaba mi nuevo estado, por duro que resultara, abandonaría definitivamente este mundo y emprendería un viaje al más allá. Me consolé pensando que, más tarde que temprano ─pues mi mujer es bastante más joven que yo─, vendría mi querida Amalia a reunirse conmigo. Entretanto ello no sucedía, quizá algún amigo viniera a hacerme compañía, aunque esperaba que no fuera ninguno de aquellos cuatro mentecatos deslenguados. ¡Idos a la mierda!, grité, sabiendo que nadie me oiría.

Pero me equivoqué, pues una voz y unas palmaditas en la cara, propinadas por una mano invisible, me devolvieron parcialmente la lucidez.

─Papá, papá, ¿qué murmuras?, ¿que nos quieres decir?, ¡abre los ojos, por favor! Mamá, mamá, corre, ven, que papá está volviendo en sí. ¡Que alguien llame al médico! ─Era la voz de mi hija Eulalia. Pero ¿qué hacía Eulalia allí?

Esa misma fue la pregunta que hice al abrir los ojos y ver a parte de mi familia junto a la cama en la que yacía.

─¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ─logré balbucir.

Estaba en la UCI. Según me contaron, había tenido un ictus, del que, por fortuna, me estoy recuperado bastante bien. No morí, aunque poco me faltó. Cojeo un poco y siento un hormigueo en la mejilla y mano derecha, pero puedo comer sin ayuda y valerme por mí mismo.

Nunca he sido supersticioso, pero ahora me salto las páginas de las necrológicas. Por si acaso. Mi mujer cree que esa maldita costumbre casi me lleva al otro barrio. En la página del periódico que hallaron en mis manos, había una esquela a gran tamaño de un tal Juan Pablo Olivares Montoya. Montoya, no Montero. Según ella, esa absurda manía y mi cerebro me jugaron una mala pasada. De todos modos, estoy convencido de que, mientras estuve inconsciente, tuve una experiencia paranormal. Creo recordar que un día trataron de eso en Cuarto Milenio. Pero lo que ahora más me preocupa es que si fue así y durante mi estado comatoso tuve una visión, quizá ello signifique que acabaré en verdad muriendo de un infarto de miocardio.

Ahora me tomo la vida con mucha más tranquilidad, hasta el punto de que incluso evito ver los partidos de fútbol que puedan alterarme. He vuelto al trabajo después de dos meses de baja laboral, pero regreso a casa muy temprano. Tengo que morderme la lengua cada vez que me cruzo con esos imbéciles que me sacan de quicio. Quiero pensar que todo aquello fue fruto de mi imaginación o de una alucinación. Pero es que con solo pensar que pueda ser cierto, que tengan tan mal concepto de mí y puedan ir diciendo todas aquellas barbaridades a mis espaldas, me pongo de una mala leche que, que, que… ¡Ay!, ¡qué dolor! ¡Qué punzada tan fuerte en el pecho! Y me irradia hacia el hombro y brazo izquierdo. ¡Son los síntomas de un infarto! ¡No quiero morir! Todavía no. ¡Ayuda! ¡Amalia, Amalia!

─Juan Pablo, cariño, ¿qué ocurre? ¿Por qué gritabas de ese modo? ¿Otra pesadilla? Anda, levántate. Hace un domingo precioso y te he preparado una taza de chocolate como a ti te gusta y acabo de ir a por unos churritos recién hechos. Y de paso te he comprado tus periódicos. No te quejarás. Mira si te cuido. Y eso que no te lo mereces, que eres un cascarrabias de tomo y lomo. Venga, ven a desayunar, que el chocolate se enfriará.

Tengo una mujer que vale un potosí. Está en todo. Me mima como a un niño. ¿Qué haría sin ella? Huele a chocolate. ¡Qué rico! Pero solo tomaré media taza y un par de churros, que tanto azúcar no es bueno.

Me levanto y, tras asearme un poco, salgo al comedor, y ahí está todo preparado. La taza de chocolate todavía está humeando y los churros dicen cómeme. Me siento a la mesa y, mientras degusto esas dulces exquisiteces, ojeo el primer periódico del montón. Cuando llego a las necrológicas, no sé qué hacer. Levanto la mirada y veo cómo mi mujer me observa con cara de reprobación. Dudo, pero finalmente opto por saltarme toda la sección y pasar a la de deportes. Hoy el Barça juega el partido de vuelta contra el Liverpool. Puedo estar tranquilo. Seguro que nos clasificamos para la final de la Champions

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